JARDINES DE PEREDA

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          (Haz clic en la foto para conocer su vida y obra)

Los Jardines de Pereda, dedicados al  escritor José María de Pereda, nacido en Polanco y la pluma más ilustre de las letras cántabras. Fueron construidos en el siglo XIX y son una de las zonas verdes más representativas de la Ciudad. Cuenta con una gran variedad de árboles y diferentes monumentos, destacando el monumento dedicado al ilustre cántabro y las artísticas fuentes. Es un lugar ideal para descansar y reponer fuerzas.

 Los actuales jardines se levantan sobre el antiguo puerto de la ciudad y sus muelles mercantiles.

Haz clic en la foto para ver la evolución de los jardines.

       

En medio de los jardines, en 1911, se inauguró  el monumento dedicado al insigne escritor,  realizado por el escultor Coullaut Valera; el escultor se inspiró en cinco obras del escritor para realizar los altorrelieves que componen la base del monumento: “Peñas Arriba”,Sotileza“, “La Leva“, “El sabor de la tierruca” y “La Puchera” y culminó su proyecto con una escultura de Pereda en lo alto.

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Alrededor de la roca que preside el busto de Jose María de Pereda se recrearon en bronce algunos de los pasajes de sus novelas más populares. Esta que aparece en la fotografía escenifica un episodio de la novela “Peñas Arriba”. Y aquí os cito precisamente el pasaje al que las figuras hacen referencia:

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/…/ la contemplación de aquel laberinto de sierras bravias, de cuetos escarpados y de picachos inaccesibles; de ásperos y sombríos repliegues, de pavorosas quebradas y de abruptos peñascales, transportó súbitamente mis imaginaciones a los entusiasmos “arqueológicos” de mi padre; allí me sentí contaminado de ellos; allí concebí al cántabro de sus himnos en toda su bárbara grandeza, hasta vestido de pieles y bebiendo sangre de caballo; y aun llegué a verle: le vi, sí, resucitado en carne y hueso, en la carne y en los huesos de mi propio espolique. Aquel cuerpo fornido e incansable; aquellas guedejas estoposas; aquel palo pinto, que en su diestra remedaba un venablo; aquel paraguas azul que, bajo su brazo izquierdo, podía tomarse por un haz de flechas envenenadas; aquella mandíbula saliente; aquel mirar poderoso e imperturbable; aquella faz montuna y atezada… ¡oh!, escarbando un poco en todo aquello, no había duda, resultaba el cántabro primitivo.

Comprendí entonces su resistencia de seis años contra las invencibles legiones de Augusto; y las legiones enteras despedazadas en el fondo de los desfiladeros, o rodando por las agrias laderas, aplastadas por los peñascos desgajados de las cumbres; el sentimiento exaltado de su salvaje independencia, la muerte en cruz antes que el yugo del conquistador…; todo, todo, lo comprendí y todo lo sentí, lo mismo que lo había comprendido y sentido mi padre, menos que pudiera vivir en tales vericuetos y tan esquivas soledades un hombre de mi educación, de mis sentimientos y de mis hábitos.
Con estas fantasías en la cabeza y los ojos cerrados muy a menudo por no ver los abismos a mis pies, fui bajando la pendiente como y por donde quiso mi caballejo, a cuya juiciosa firmeza me había entregado con ciega fe desde arriba, por encargo del propio Chisco, que me precedía caminando por el derrumbadero con igual desembarazo que yo por los pasillos de mi casa.

Metido ya en la grieta como una lagartija, apenas daba el camino “usgoso” y desconcertado, para sentar sus pies, con grandes precauciones, mi jamelgo. A lo mejor, grandes doseles de granito con lambrequines de zarzas y escaramujos raspándome la cabeza, mientras que por el lado derecho me punzaban las espinas de los escajos, y el más ligero resbalón de mi cabalgadura podía lanzarme a las simas de la izquierda. Y mirando hacia arriba en busca de luz, que ya nos faltaba abajo, montes erizados de crestas blanquecinas y conos encapuchados de espesa niebla, y gárgolas de tajada roca amenazando desplomarse sobre nosotros; y a todo esto, el camino estrechando y retorciéndose cada vez más, subiendo aquí, bajando allá y sin poder yo darme cuenta de si, desde que habíamos descendido del Puerto, bajábamos o subíamos en definitiva.

En otro de los lados del monumento se representa el primer capítulo de la novela “Sotileza”

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El cuarto era angosto, bajo de techo y triste de luz; negreaban a partes las paredes que habían sido blancas en otro tiempo, y un espeso tapiz de roña casi cubría las carcomidas tablas del suelo. Sólo habia una mesa de pino, un derrengado sillón de vaqueta y tres sillas desvencijadas; en la pared, un crucifijo con unas ramas de laurel seco, dos estampas de la Pasión y un rosario de Jerusalén….
Entre la mesa, las sillas y el paraguas que llenaban lo mejor de la estancia, se hacinaban media docena de criaturas haraposas que, arrimadas a la pared, aplastando las narices contra la vidriera o descoyuntadas entre dos sillas y la mesa, trataba de pasearse con grandísimas dificultades un cura de sotana remendada, zapatillas de cintos negros y gorro de terciopelo raído. Era alto, algo encorvado, con los ojos demasiado tiernos, de lo cual, por horror a la luz,, era obra de la encorvadura del cuello; y tenía un poco abultada y rubicunda la nariz, gruesos los labios, áspero y moreno el cutis y negra la dentadura…
Entre todos aqueloos granujas no había señal alguna de zapato o camisa completa; los seis iban descalzos y la mitad de ellos no tenían camisa. Alguno envolvía todo su pellejo en un macizo y remendado chaquetón de su padre, y lo único en que todos iban acordes era en la cara sucia, el pelo hecho un bardal y unas pantorrillas roñosas y como cabras. El mayor de ellos apenas tendría diez años; apestaban a perrera….

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